martes, noviembre 11, 2008

La espera

Transcrito el Martes, 11 de Noviembre de 2008

La espera, nos decías, consiste en estar atento a los ruidos de la calle, detectar el sonido peculiar del taxi, el golpe de la portezuela, pisadas en el patio, la llave que gira: es el vecino del cuarto. No es Julia.
Sonreías mientras hablabas, pero una arruga en el entrecejo, un velo líquido en la mirada, te delataban. Bajo capas de humorismo aparentemente bien entrenado: el dolor. Genérico, el dolor, universal, doble del placer y retrato simétrico: dolor consecuencia de cada pérdida, reconvertido en lo que quisiera ser fina ironía, todo un gentleman tú, Enrique.
Por eso, en tu escritorio, inventabas cartas y destinatarios, que tal vez podrías extraer de una sección de contactos, de esas que aparecen al final de alguna de las revistas que te compras.
Por eso, después de vernos, regresabas a casa dando patadas a paquetes de tabaco arrugados, a colillas, a lo que fuera. Y decidías acercarte al barrio (¡…Ay, Enrique, si lo vieras hoy, el barrio…!) a tomarte una copa. Y te tomabas siete. Y a partir de la tercera empezabas a mirar a todas (a todas lo que sea) con ojos turbios. Y te metías en antros apestosos. Y te dabas una vuelta, de regreso, por las calles de las putas, decidido a ceder. Y no lo hacías. Y te acostabas de madrugada, borracho y asqueado, sin ni siquiera fuerzas para masturbarte. Y te dormías.
Y te despertabas.

Nos decíamos que quizás no quisieras ser tan bestia. Paradójicamente: seguro que no querías ser tan bestia.
Por eso, la paradoja lo dominaba todo, te sujetaba, te inmovilizaba, de modo que jamás ningún paso, ningún acto, ninguna decisión eran los adecuados.
¿Quién manejaba los famosos hilos del retablo de marionetas, tú, marioneta, una más, entre tantas? Nosotros no, ya lo sabías. ¿Entonces?
Las palabras se sucedían unas a otras, trabajosamente, venciendo apenas la querencia al silencio, a la quietud tensa en el centro de todas las fuerzas convergentes.
(Y nosotros nos repetíamos y plagiábamos a nosotros mismos, de nuevo en la delicada posición del observador comprometido, del testigo lastimado y atento a cualquier improbable solución…).
Y esa quietud tensa era, sin duda, el resultado de la aspiración a la quietud serena, a la vida de dulce deslizar: al mito, a la Itaca en la que el viaje es su propia negación… ¡Mal, mal estás, Enrique, si nos haces decir estas cosas, si nos propones con tanto descaro que te consolemos, que te demos un motivo para quedarte en casa y no salir a emborracharte porque Julia te está dejando, porque te vuelves a quedar contigo mismo y con tus divagaciones, sin nada más…! ¿Cómo se puede pretender ser racional en una situación límite? ¿Cómo puede costar tanto conseguir algo tan sencillo? ¿De quién es la culpa? ¿Tuya, Enrique, la culpa es tuya? ¿Por qué habría de serlo? ¿Qué diversas modalidades de dolor están reservadas a cada persona? ¿Es esta la tuya, la que te pertenece, la que te va a acompañar hasta que desistas, alguna vez, de alcanzar tu infinitesimal cuota de modesto placer cotidiano?

11 Comments:

Blogger Margot said...

Hacía bien Enrique en hacer el bestia para dejar de lado el dolor, sólo una bestia puede acabar con otra... claro, que antes nos enseñaron todo aquello de San Jorge y el dragón y llegamos a creerlo (ingenuos dogmatizados) y cuesta, cómo costó y cuesta!, llegar a entender que a un dragón sólo cabe otro mayor.

Aspirando a la quietud serena de fuegos sin dolor, eso sí. Quién sabe si racionalidad...

Señor "hurgador", me gustó. Besos de alto al fuego!

2:42 p. m.  
Blogger aroma said...

La veradad que Enrique solo puede pretender sudar su dolor a través de una borrachera...cuando ni eso queda...en fin...es impensable no hacer algo con el dolor...¿escribir?....

4:49 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

...Y así nos hemos ido convirtiendo en domadores de dragones enormes: sanjorges medio hippies con cara de póker frente a cada uno de los dolores... Besos de bien alto, el fuego.

6:27 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

Sí, aroma, a través de borracheras, de escrituras, de tiempo que difumina las aristas... De eso se valió Enrique, supongo... ¡Y también nosotros!

6:28 p. m.  
Blogger Lena said...

Bueno...tenía vino, papel y laápiz y amigos...

Mucho más que otros.

A mí ese tipo de dolores me gusta exorcizarlos como él...con vino, con papel y lápiz pero a solas...

Que los amigos se empeñan en que uno olvide el dolor y el dolor, 44, está para vivirlo, disfrutarlo, gozarlo hasta la última gota...

Sólo así se va.

Besos!!! (Muchos...hoy con neblina...)

8:08 p. m.  
Blogger Lena said...

(que me encantó...jajaja...como siempre...saber de Enrique...y de ti...jajaja...que vengo aquí me pongo nerviosa...jajaja)

Más besos!

8:09 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

Lena, me encanta que te pongas nerviosa cuando pasas por aquí... Eso le da a la neblina un no sé qué de escalofrío. Y no tiene nada que ver con las gripes, pasadas, presentes y futuras... Totalmente de acuerdo en cuanto al dolor, su degustación y sus recetas... Besos con su poco de temblorcillos...

7:32 p. m.  
Blogger Laluz said...

El dolor adquiere formas muy particulares e individuales.
Un beso, Crono

4:15 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

Sí, laluz, cada uno con su cuota de dolor, y su modalidad personal... ¡Así, parecen dolores diferentes! Besos.

11:46 a. m.  
Blogger Allá said...

la intromisión / como cadencia / como voyeurismo /un tanto inoportuno, pero gustoso / facciones de Enriques.

3:41 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

Sí, Allá: el voyeurismo y todas sus vertientes: un hallazgo. Gracias por tu visita y tu comentario.

4:43 p. m.  

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