domingo, septiembre 03, 2006

Historia de Ángela (2)

Atrapado, en efecto, por la pereza, pones mil excusas para no continuar con la historia de Ángela (has decidido llamarla así, evidencia barata, o economía de medios…). Es una historia real, nos dices, y las historias reales no se pueden colgar así como así, que luego los protagonistas se reconocen, te reconocen y se puede armar la de dios. Cambia los nombres, disimula los detalles, te decimos. No sé a dónde quiero llegar, insistes, no tiene ni pies ni cabeza, ¿por qué recuperar eso ahora, a quién le interesa…? A nosotros nos interesa, a ti te interesa. Fíjate, ya le has buscado un nombre a Ángela, ya tienes el personaje, sabes lo que quieres contar, ya has planeado en tu mente mil digresiones, cuatrocientas treinta disquisiciones , un puñado de petulancias de abuelito cebolleta, y unas cuantas batallas de los ochentas…¿Qué más quieres?
En realidad, nos dices, Aarón y Magda, su novia de entonces, se habían citado en casa con Ángela y Jesús (juras y perjuras que entre estos nombres hay una relación que reproduce la real, con mínima transformación, eso nos lo dices con cara de no erais vosotros los que me sugeristeis la idea, pues tomad idea). Tú a Ángela y Jesús no los conocías todavía, claro. Se iban de viaje a no sé dónde (ver comentario sobre tu memoria en el post anterior). Ángela estudiaba Historia, como Magda, y Jesús era nada menos que funcionario de prisiones, oficio que tiempo después haría ponerse de los nervios a Aurora: “Lo juntamos con mi hermano –policía municipal por más señas- y ya tenemos la mitad de los play-mobil”, te dijo poco después de conocerlo y empezar, todo a una, a no soportarlo.
Es el caso que, a partir de ese viaje, la presencia de Ángela en vuestra casa fue siendo cada vez más habitual y, agradable sorpresa, la mayoría de las veces sin Jesús, sujeto a bienaventuradas obligaciones laborales, y a extraños y serpenteantes vaivenes, que lo hacían pelearse y reconciliarse con Ángela, en una sucesión de aproximaciones y separaciones cuya lógica nunca pudiste comprender. Aquí, seguramente, tampoco vendría mal una nota acerca de tu escasa habilidad para desentrañar comportamientos y descifrar signos ocultos, pero probablemente ya sea innecesario a estas alturas. Siempre nos hemos regodeado, y tú con nosotros, en tu inocencia juvenil, dispuesta a menudo a creer, por ejemplo, que las personas utilizamos procedimientos rectos, claros y lineales para conseguir nuestros objetivos. Tus veintipocos años de entonces no daban, pues, para más, y, sin entender gran cosa, fuiste cayendo en la red de a poquitos, queriendo y sin querer, que de eso ya se encargaban los demás…
Tus recuerdos de Ángela, nos dices, están hechos, sobre todo, de momentos congelados en la memoria. Vamos con el segundo momento. Vuestra casa, nos parece que ya lo dijimos, era un desastre permanente: un vetusto primer piso de un antiguo edificio de dos alturas, que habíais llenado de muebles destartalados y útiles diversos recogidos de aquí y de allá. Viejos electrodomésticos, cacharros con mil usos, y poca habilidad para asuntos de decoración (el diseño aún no se había inventado, y vosotros tirabais más bien a hippies descabalados y algo guarrillos) . Pero tenía una terracita que era una joya. Bueno, en realidad la terraza la habían construido Rafeta y Aarón, que para eso sí se daban bastante maña. Nos recuerdas, por cierto, que allí el único estudiante eras tú. Ellos eran algo mayores, y se dedicaban a la artesanía. ¿A qué artesanía? Nos has prohibido revelarlo, de momento, gran secreto que no es necesario para proseguir con la historia…
Es el caso que la terraza disfrutaba de dos funciones básicas: albergar unas más que terciadas plantas de marihuana para consumo personal, y que os tendierais allí al sol, preferentemente en pelota picada, por aquello de la naturaleza, los cuerpos libres y tres o cuatro consideraciones añadidas, de idéntico nivel y parecidas intenciones. Como hogar abierto que era, vuestra terraza estaba a la libre disposición de todos vuestros amigos, Ángela entre ellos, por supuesto. Y esta es tu segunda imagen congelada: Ángela y tú os cruzáis en la cocina, en una de aquellas sesiones memorables, ambos igualmente desnudos. Os miráis, os sonreís, balbuceáis algo (no se nos ocurrió preguntarte qué) y seguís cada uno vuestro camino. Tú no dejaste de notar que ella parecía tan azorada como tú…¿Qué querría decir eso? El caso es que vergüenza no parecía…

4 Comments:

Blogger Marga said...

Y está bien que continúe, que hayas hechos los deberes (aunque sean pocos, yo de momento sigo por la segunda plana de caligrafía que el verano dió para poco más... no te reprocharé pues)que Ángela siga viva y cuenteando, que ese nombre sea de mis preferidos por razones que no vienen al caso, que los artesanos pululen y os fumeis la maria antes de tumbaros al sol y adormeceros como lagartijas, que este año se lleve de nuevo la moda de los ochenta y me niegue a ponerme mallas que ya entonces no lo hice y que.. que ya! que sigas... esta vez Ángela parece quedarse más cómoda aunque azorada pero igualmente sigue.

Besossssssss en malva virando a azul, nunca a rosa aggggg!

9:54 p. m.  
Blogger Paula said...

Que bien!!!!! la segunda parte... ¿cuándo será la tercera? :)

3:29 a. m.  
Blogger cronopio44 said...

Marga, Ángela nunca se azoró demasiado, pero da igual... La tercera y última parte está al caer... Besos del color de la piel de verano con poco sol... o sea, más bien blanquitos...

7:42 p. m.  
Blogger cronopio44 said...

Pronto, Paula... Un par de días... ¡A ver si pasa alguien más por aquí! Sigo pendiente de una visita más pausada a tu blog...

7:51 p. m.  

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